Proyecto Amish: 90 días sin redes sociales


Twitter, Facebook, Tuenti, blogs, juegos en línea, correos, mensajes, Whatsup… la vida actual es un continuo estrés a causa de la avalancha de información. Muchas personas tienen más relaciones virtuales que reales. Algunos, ni siquiera tienen relaciones verdaderas en el mundo real. Ya se habla de algunas enfermedades relacionadas con la adicción a las redes sociales.

Jake Reilly vivía esta vida hasta que llegó al límite de lo soportable y decidió dejarlo. Como si fuese una droga. Hay que aclarar, en todo caso, que las redes sociales no son malas por sí mismas (ni buenas). Son herramientas y, según el uso que se les dé, pueden ser beneficiosas o perjudiciales. El caso es que este Jake Reilly, harto de tener relaciones virtuales, comenzó el Proyecto Amish: pasar noventa días sin un teléfono móvil, sin correo electrónico y sin medios de comunicación social.

La radical decisión le obligó a relacionarse (de nuevo) con gente cara a cara. Al menos, ha habido algo positivo en su experimento: ha recuperado a una ex novia.

Hay que aclarar que Jake Reilly estaba por encima de la media en el uso de la tecnología: solía enviar más de 1.500 mensajes por SMS cada mes, se conectaba cada día más de hora y media a Facebook, leía los tuits que enviaban las 250 personas a las que seguía y hablaba de 600 a 900 minutos por teléfono.

Según sus propias palabras, quería volver a tener relaciones con personas y no con perfiles. Después de noventa días, este estudiante de Chicago, de 24 años, descubrió que tenía más tiempo libre y que estaba más en paz consigo mismo y más tranquilo.

Al principio, no fue fácil adaptarse a la nueva situación. Todo comenzó con una situación que seguro que más de uno ha presenciado: un día, en su apartamento, en compañía de sus mejores amigos, se dio cuenta de que todos estaban pendientes del móvil en vez de conversar entre ellos. Entonces decidió comenzar su Amish Project.

No se trataba de estar incomunicado, sino de usar otros medios no tan avanzados: Jake ideó sistemas analógicos, como escribir mensajes con tiza en las aceras, enviar cartas, pegar notas en el ascensor de la universidad o llamar por teléfono desde una cabina pública. El resultado del experimento: descubrió quién estaba dispuesto a invertir tiempo en relacionarse con él.

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